Una de las cintas triunfadoras en la pasada entrega de los premios Oscar fue
El pianista, del
director polaco Roman Polanski, que se alzó con las preseas para el
mejor director, mejor actor (Adrien Brody) y mejor adaptación
cinematográfica (Ronald Harwood). Antes de esto, obtuvo la Palma de Oro
como mejor película en el Festival de Cannes de año pasado. Sin duda,
se trata de reconocimientos justos a la calidad del filme, un
extraordinario recuento de las penalidades de un pianista judío que
escapa del holocausto, no sin intensos sufrimientos, en la Polonia
invadida por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.
La historia refleja en alguna medida la vida del propio Polanski, que
ha estado marcada por horribles acontecimientos. Como su protagonista,
a la llegada de los nazis a Polonia en 1939 fue recluido con sus padres
en el ghetto de Cracovia; y en 1941, una vez que sus familiares fueron
deportados a los campos de concentración, el joven Polanski pasó de una
familia a otra hasta que se vio obligado a ver por si mismo, como
miembro de una pandilla callejera. Posteriormente estuvo expuesto al
clima represivo de la dominación soviética hasta 1956, y después vivió
las purgas estalinistas.
Como resultado de estas experiencias traumáticas Polanski quedó, en sus
propias palabras, "permanentemente escéptico ante la febril y fútil
retórica de la ideología política" * Puesto que tampoco tiene
convicciones religiosas, confiesa que "solo tiene fe en el absurdo".
Tragedias posteriores, como el brutal asesinato sin sentido de su
entonces encinta esposa, la actriz Sharon Tate, a manos de la secta
"satánica" de Charles Manson, en 1969; y su huída de Estados Unidos en
medio del juicio que se le seguía por violación de una adolescente,
ahondaron en él esa su peculiar percepción del mundo como una entidad
hostil y sin sentido, que disloca la vida y oprime a la gente inocente,
llegando incluso a convertir a las víctimas, insensiblemente, en
verdugos y victimarios. De esta perversa dinámica hay evidencia en
muchas de sus películas; y
El pianista, concretamente, es un ejemplo de esta desencantada visión de la condición humana.
Para la familia Szpillman, la pesadilla que los aniquilará empieza con
una discusión absurda, en la que participan todos sus miembros: el
gobierno de ocupación nazi ha decretado que ningún judío puede
excederse en la posesión de determinada cantidad de dinero, y como
ellos rebasan ese tope deben esconderlo. Cada uno propone un sitio y
aún el protagonista sugiere dejarlo encima de la mesa, cubierto sólo
por un periódico. A la vista de lo que sucederá a continuación tanto
vale esa solución como las otras: su mundo ha empezado a resquebrajarse
y ya no habrá lugar seguro para esconder nada ni a nadie.
La escalada de acontecimientos nefastos dota a la primera parte de la
película de una atmósfera ominosa, en la que la dosificación de la
violencia va de lo "tolerable" a lo insufrible; pero para cuando se
llega a ese último punto ya no es posible volver atrás. Los judíos son
obligados a portar brazaletes con estrellas de David a manera de
estigmas; a dejar el trabajo; a humillarse ante los oficiales nazis; a
caminar no por la acera, sino por la calle; a abandonar su hogar para
ser recluidos en el
ghetto de Cracovia; a contemplar como se clausuran los accesos a su estrecho
habitat; a
vender su mobiliario y pertenencias para tener algo que llevarse a la
boca, y finalmente a ser deportados a los campos de exterminio,
convertidos ya en guiñapos humanos, desprovistos de voluntad y valor.
De hecho, son ya muertos en vida.
Se alegará que todo esto lo hemos visto ya en el cine, una y otra vez. Es cierto: de
Roma, ciudad abierta (Rossellini, 1945) a
La lista de Schindler
(Spielberg, 1993) las atrocidades nazis se han vuelto lugar común. Sin
embargo, lo que tiene de novedoso y por lo tanto impactante
El pianista es
que, en la visión de Polanski, la dimensión ideológica no existe. Las
disposiciones que afectan a los judíos vienen de arriba, sin
justificación ni explicación alguna. Al entrar en el ghetto se han
instalado en el reino de la arbitrariedad. Ahí, basta con que un par de
guardias aburridos decida organizar un baile callejero para que se
improvise de inmediato una danza macabra en la que participan mendigos
y tullidos, hambrientos y desahuciados.
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* Todas las citas de Roman Polanski utilizadas en este artículo provienen de su autobiografía, titulada simplemente
Roman , y publicada por la editorial Morrow en Nueva York, 1984.
Pero al no hacer
Polanski explícita su posición ideológica, la definición moral de sus
personajes se hace sumamente ambigua y sus comportamientos no pueden
ser más paradójicos.
Los habitantes del ghetto, sometidos
como lo están a presiones fuera de su control, reaccionan de maneras
imprevistas y aun contradictorias, por lo que no es posible
catalogarlos en cartabones pre-establecidos, ni hacer un juicio
definitivo sobre ellos. Por ejemplo, el joven que viene a pedir a los
hermanos Szpillman que se le unan en la milicia judía que colabora con
los nazis para mantener el "orden" en el ghetto, ciertamente
detiene al hermano de Wladislaw, el protagonista; pero más tarde lo
libera; y si bien contribuye a enviar a la familia a un campo de
concentración, a última hora permite que Wladislaw se escape. Ni héroes
ni villanos: simplemente seres humanos, juguetes de un caprichoso
destino en el que nada tiene sentido. Esto es más evidente en la
tercera parte de la cinta, que narra la sobrevivencia del protagonista
en la Varsovia asediada por el Ejército Rojo. Entre quienes lo ayudan
se encuentra un traficante del mercado negro y su enamorada de
juventud, ahora encinta y respetablemente casada con un próspero
¿funcionario o empresario? adepto al régimen invasor.
Por si faltaran pruebas de este relativismo moral, la participación del
oficial nazi que precipita el desenlace del filme es suficiente. Pero
además, en el encuentro del pianista con este militar está la clave del
filme. Preguntémonos ¿Cómo es que un joven como éste: delgado,
apacible, de perpetua mirada doliente sobrevive a tantas miserias ?.
Hacia el final de la película, con barba y el pelo largo ha adquirido
un aspecto Crístico pero, como sabemos, Polanski no es creyente y en su
filme no hay ni un rastro de religión.
El pianista es simplemente eso: un músico; pero eso hace toda la
diferencia. Anodino como persona, en él encarnan los valores de la
cultura y la civilización. Un artista es aquel que permite a los
hombres vislumbrar otro mundo posible, lejos del absurdo, del sin
sentido y la desesperación. O, dicho de otro modo, él es quien le da
sentido, orden y trascendencia al mundo. El no es el Salvador, porque
nada puede hacer para evitar la catástrofe del mundo, sino quien debe
ser salvado del caos y la desintegración. No hay que olvidar que, tras
vagabundear en las calles, un Polanski desaliñado y hambriento encontró
su camino en la vida integrándose, aún adolescente, a una compañía
teatral que lo aceptó como actor. "Necesitaba toda la fantasía que
pudiera conseguir -escribió- simplemente para sobrevivir".
Resta
aún por decir lo admirable que es una cinta que, con una trama más bien
escueta y un personaje pasivo, que casi siempre se encuentra aislado en
sucesivos escondrijos, en los que no tiene con quien interactuar,
mantenga vivo el interés del espectador a lo largo de dos horas y media.
Parte del mérito es del actor protagónico, Adrien Brody, quien con una
gran economía de medios ofrece una interpretación tensa, vibrante y
empática. Otra aportación destacada es la del guionista, que supo
construir una estructura dramática fluída, exenta de sentimentalismo
pero no de emoción.
Pero el toque maestro es indiscutiblemente de Polanski. El mismo ha
declarado: "El cine es, por encima de todas las cosas, atmósfera. Eso
es lo que le da personalidad a una película". Y esa atmósfera no se
consigue sino trabajando a partir de los más pequeños detalles:
acuciosa, metódica, amorosamente, el director acompaña a su personaje
en sus claustrofóbicos tiempos muertos, y descubre aquí y allá gestos,
miradas, movimientos casi imperceptibles que nos comunican, mejor aún
que las expresiones verbales, situaciones y sensaciones que nos remiten
lo mismo al nivel de las necesidades más elementales (Wladislaw
examinando alacenas o bebiendo del cubo de agua del trapeador) a las
más elevadas (Wladislaw escondido, imposibilitado de hacer ruido,
simulando que toca un piano tras años de no hacerlo), pasando por las
más desesperadas (cuando ensaya un salto a través de la ventana,
pensando en que ha llegado el momento del suicidio).
Pero a la vez que nos sumerge en la subjetividad del personaje,
Polanski no permite que nos olvidemos de lo que sucede en el contexto
histórico, de la manera más sutil posible: A través de subtítulos
señala con parquedad fechas y acontecimientos claves y, como un leit motiv macabro
desliza en los diálogos una condensada dimensión de la tragedia: de los
600 mil judíos que habitaban Varsovia en el momento de la ocupación
sobrevive menos de un 10 por ciento en el momento de la liberación.
Así, la línea que traza entre lo individual y lo colectivo histórico es
casi imperceptible.
La mejor manera de "leer" El pianista
sería que el espectador no la considerara únicamente como una obra de
ficción, aislada del contexto histórico en que fue creada, sino que su
visión le suscitara la referencia inmediata al conflicto bélico en
Irak: ¿a qué nuevos y sofisticados horrores está siendo sometida su
población civil? ¿Y en nombre de qué Dios y cuales principios
humanitarios? El genocidio no tiene justificación alguna. Oponerse a la
guerra, por todos los medios posibles, es lo mínimo que podemos hacer.
arq_garmendia@yahoo.com